Testimonio histórico - Robert Wingfield, testigo presencial, explicó en una carta que el golpe “falló el lugar” y obligó a repetir la acción.
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Los fallos se repitieron y alargaron una escena que nadie esperaba ver así
La ejecución de María Estuardo el 8 de febrero de 1587 en Fotheringhay quedó marcada por una serie de errores técnicos en el uso del hacha que obligaron a repetir el golpe hasta tres veces. El testimonio de Robert Wingfield, presente en el acto, describió una secuencia desordenada en la que el verdugo no logró seccionar el cuello de forma limpia. Ese fallo prolongó la decapitación y dejó escenas que aquel testigo dejó anotado con crudeza.
El tercer golpe llegó después de dos intentos fallidos, cuando el ejecutor volvió a alzar el hacha y atacó el punto que aún mantenía la cabeza unida al cuerpo. Según Wingfield, quedaba “un pequeño cartílago” que resistía, y fue ese resto el que obligó a completar el corte con un movimiento más corto y menos controlado. La cabeza se separó al final de ese hachazo, no porque fuera muy preciso, sino por haber insistido.
Antes de ese remate, el primer golpe había pasado por detrás del cuello y el segundo había entrado con más fuerza, aunque sin éxito completo. Wingfield dejó escrito que la condenada no emitió sonido apreciable ni movió el cuerpo durante esos impactos, algo que llamó la atención de los presentes. El hacha quedó marcada, el bloque manchado y el cuello abierto de forma irregular, con cortes que no coincidían entre sí. La falta de puntería convirtió el acto en una secuencia repetida de alzadas y bajadas del arma que no debería haber sido así, pues Isabel I habría ordenado que fuera rápido y limpio.
Tras separar la cabeza, el ejecutor la levantó para mostrarla a los asistentes y pronunció la fórmula ritual. En ese momento, el cuero cabelludo cedió, la cabeza cayó y dejó ver que el cabello era una peluca. Wingfield anotó también que los labios siguieron moviéndose durante un cuarto de hora, un detalle que no afectó al proceso, pero que quedó ligado a la percepción de un final mal ejecutado. El cuerpo permaneció en el bloque mientras se comprobaba el resultado del corte.
El final mostró hasta qué punto todo había salido mal
Los preparativos previos habían seguido el protocolo habitual, con la condenada arrodillada, los ojos cubiertos por un pañuelo y el cuello colocado sobre el bloque. En esa posición pronunció una oración en latín. El problema no estuvo en esa fase, que sí salió como se esperaba, sino en la ejecución del castigo principal. El hacha no entró recta, el ángulo fue incorrecto y la fuerza no se aplicó en el punto exacto. Eso obligó a repetir la acción, pero sin cambiar de herramienta ni de postura, algo que aumentó el desorden del resultado.
Cuando los asistentes comenzaron a retirar las prendas y los restos, apareció el pequeño perro que había permanecido oculto bajo la ropa. Wingfield escribió que “no pudo ser sacado sino por la fuerza” y que se tendió entre la cabeza y los hombros, empapado en sangre. El animal fue lavado aparte, igual que los objetos manchados, mientras el cuerpo se retiraba del lugar. La ejecución terminó con una suma de errores que alargaron el acto y dejaron constancia de una chapuza que los testigos no pasaron por alto.