No soy yo de los críticos que estigmatice un género como el melodrama, puesto que destaca por una versatilidad y una capacidad de reinvención que no se encuentra en otros modos narrativos. Hugo, Isaacs, Fernán Caballero, Dickens o el propio Galdós fueron devotos del género, por no hablar de la masiva producción de novela romántica que, desde hace más dos décadas, ha consagrado al triunvirato Maxwell, Kellen o Benavent como dignas discípulas de Corín Tellado.
Publicado por Pregunta, en Taquicardia, Teresa Álvarez no renuncia a las virtudes del género melodramático, pero lo hace con la desafección que la burocracia y la legislación le produce en un estado de ánimo marcado por los estragos de la enfermedad. Hasta ahora no había leído algo de esta índole y eso que leo mucho, de lo bueno y de lo malo. Pero, conociendo la novela romántica como la conozco, la escritura de Taquicardia destaca por unir en su apuesta narrativa dos motivos temáticos que se entrecruzan: en primer lugar, el amor y el desamor de unas relaciones efímeras donde la inmadurez es un lastre y, en segundo lugar, la enfermedad congénita como obstáculo para sortear la adversidad, aunque la autora marca a lo largo de cada capítulo el afán de superación como horizonte vital.
La devoción hacia la Filología, las estancias en el extranjero, los noviazgos esporádicos y otros que llegan con la intención de quedarse contrastan con la aparatosa burocracia médica y jurídica incapaz de agilizar los trámites que pueden diagnosticar y tratar la enfermedad de quien escribe. ¿Qué hay del melodrama en Taquicardia? Sin duda, el confesionalismo en primera persona que intenta buscar, sin cebarse demasiado en el patetismo, una biografía de la tristeza inherente que supone convivir con la enfermedad y adaptarse a relaciones amorosas que, si bien no destacan por ser duraderas en muchos casos, si enfatizan la veleidad de unos tiempos donde todo lo concerniente al cortejo va demasiado rápido. Por esta razón, está condenado a una obsolescencia prematura. Nada que ver con el cortejo y la seducción del siglo XIX que Martín Gaite trató, con primor, en diversos ensayos. He detectado un tono semejante al de Alice Kellen en algunos pasajes de Taquicardia, si bien Teresa Álvarez sabe que tiene que superar, en cuando a complejidad y simbolismo, la prosa de Nosotros en la luna. Lo sabe de sobra.
De hecho, en Taquicardia, hay intención literaria, ganas de mimar el lenguaje sin renunciar a la espontaneidad, algo que muy pocos han visto en Comerás flores, por ejemplo, donde la crítica se ha polarizado sin reparar en que, en ocasiones, la sencillez expresiva y la abundancia de coloquialismos son formas elaboradas de tratar los textos. Y Taquicardia entronca con ese menierismo, afín a esa aura reflexiva y meditabunda que también aparece en obras memorables como María, de Jorge Isaacs.
El valor de la obra de Teresa Álvarez no está en una especie de narcisismo y victimismo del que peca la insustancialidad de muchas novelas del género; muchas son best-sellers incluso. No es así. Hay reivindicación, malestar, zozobra ante la incertidumbre de tratamientos y operaciones, y una indefensión sostenida hasta el final de la novela, ya que la enfermedad y su gestión son los verdaderos actores del discurso.
La novela tiene una estructura de cuaderno de bitácora por acabar, de apuntes azarosos, de diario sin una cronología exacta. La frescura de ese caos que no pierde la linealidad del tiempo aporta viveza y una agradecida ingenuidad que hacen que la lectura fluya con dinamismo, sin especial énfasis en aferrarse al agravio, aunque el padecimiento está y es muy difícil separarlo de la autocompasión.
Teresa Álvarez logra el efecto empático y, según avanzan las páginas, deja de lado el sentimentalismo para ahondar en el fracaso administrativo que convierte las enfermedades raras o mal diagnosticadas en casos de desahucio. Celebro Taquicardia como el inicio prometedor de una autora que, fiel al acento nostálgico de los melodramas contundentes, habla del mundo a su alrededor, de su crudeza cuando la enfermedad dirige tu vida, huyendo de fábulas previsibles de príncipes y princesas.@mundiario