Rímini – En el Meeting de Rímini, gran encuentro cultural y eclesial que se celebra cada año en la ciudad de la costa de Romaña, un encuentro dedicado a san Agustín reunió a la estudiosa Catherine Conybeare, al prior general de los Agustinos, padre Joseph L. Farrell, y al cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel. Titulado “Tras las huellas de Agustín: verdad, inquietud y deseo”, el encuentro se celebró el 21 de agosto.A pocos meses del viaje apostólico de León XIV a Argelia, la reflexión adquiría una relevancia particular. El Papa, que se define como “hijo de san Agustín”, había viajado a Annaba, la antigua Hipona, donde Agustín fue obispo y donde murió en el año 430. En la basílica de San Agustín había celebrado la misa, recordando el valor de aquella peregrinación a las raíces de su propia familia espiritual y al servicio de la paz y la reconciliación, centrando la reflexión en el testimonio de las pequeñas comunidades cristianas.“Puedo decir que soy su sobrino”El cardenal Vesco delineó en primer lugar su vínculo espiritual con el obispo de Hipona. Dominico, recordó que santo Domingo era canónigo según la regla de san Agustín, que después se convirtió también en la regla de la Orden de Predicadores. “Si el Santo Padre se ha declarado “hijo de Agustín”, puedo decir que soy su sobrino”, observó con una sonrisa. Sin presentarse como especialista en Agustín, el arzobispo de Argel explicó hasta qué punto la figura del santo le ha tocado después de su llegada a Argelia, hace casi veinticinco años. Pasear entre las ruinas de Hipona, confesó, hace que Agustín resulte más familiar y acorta los siglos que nos separan de él. De esta cercanía nace la convicción de que Agustín es realmente “un hombre de nuestro tiempo”.El primer rasgo en el que el cardenal Vesco se reconoció a sí mismo es el del joven Agustín de las Confesiones: “Un joven brillante en busca del éxito social, en busca del éxito y nada más”, pero “que ve todos sus sueños desvanecerse, vaciarse de sentido, volverse inútiles porque, en el fondo, su sed era otra” y “su búsqueda era una sed de verdad”. De hecho, cuando se sintió llamado a otra cosa, Jean-Paul Vesco era un brillante abogado. “El joven abogado que fui –confesó Vesco–, también él en busca de ideales y de éxito, también él conoció la vanidad de su búsqueda del éxito profesional y social, y se reconoce fácilmente en el joven Agustín al que ningún éxito humano podía ya satisfacer”.Agustín descubre finalmente que esa verdad es una persona, Cristo, encontrado en una relación personal. Vesco recordó el célebre pasaje de las Confesiones: “Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé”, junto con la confesión de quien buscaba a Dios fuera de sí mismo, mientras Dios ya estaba en su interior. El antiguo abogado Jean-Paul Vesco dijo reconocerse en ese camino. También hoy, afirmó, los jóvenes buscan sentido, verdad y vocación, sobre todo en un mundo marcado por profundas transformaciones. Por eso Agustín, aunque procede de un tiempo remoto, continúa hablando a los hombres y mujeres de hoy.Teólogo y pastorEl segundo aspecto propuesto por el cardenal es el de Agustín pastor. Gran teólogo, pero al mismo tiempo obispo plenamente inmerso en la vida concreta de su Iglesia, Agustín supo unir dos dimensiones difíciles de conciliar: la reflexión teológica, que requiere estudio y distancia, y la acción pastoral, que expone diariamente a las preguntas, las heridas y las necesidades de las personas. El pensamiento de Agustín, recordó Vesco, se formó también en la controversia con las grandes herejías de su tiempo. Sin embargo, sus reflexiones sobre la gracia, el perdón y el libre albedrío nunca fueron ejercicios abstractos: nacieron como respuesta a situaciones humanas y eclesiales concretas.En este sentido, el cardenal sugirió que Agustín puede ser considerado uno de los padres de la teología pastoral. Sus numerosas misiones, viajes e intervenciones requeridas por las “ecclesiasticae necessitates” muestran a un obispo constantemente llamado a salir de su tranquilidad. Citando los estudios que documentan las frecuentes ausencias de Agustín de la pequeña diócesis de Hipona, Vesco bromeó: “Esto me consuela un poco: demasiado a menudo soy un “obispo de aeropuerto””.La memoria de Agustín en ArgeliaEl cardenal se detuvo finalmente en el Agustín anciano, enfermo, al final de su vida, mientras Hipona estaba a punto de caer en manos de los vándalos. Caminando entre las ruinas de la llamada «basílica de la paz», donde el santo podría haber celebrado la Eucaristía y enseñado, Vesco invitó a imaginar al anciano obispo ante la desaparición de su mundo y de toda una civilización. «¿Qué habrá pensado en aquel momento ante lo que parecía ser el aniquilamiento de toda su vida?», se preguntó Vesco. «Quince siglos después –continuó–, ¡qué hermoso es constatar que su pensamiento continúa alimentando la teología y a generaciones y generaciones de hombres y mujeres! ¡Nunca habría podido imaginar que incluso un Papa vendría a rendirle homenaje precisamente en aquella basílica!». Esta permanencia, observó el arzobispo de Argel, manifiesta la universalidad de Agustín: un hombre plenamente arraigado en su tierra, en su cultura y en su tiempo, pero capaz de superar las fronteras de las épocas y de las pertenencias.Esta universalidad es especialmente evidente en Argelia. Vesco recordó el primer Coloquio internacional sobre san Agustín, celebrado en 2001 en Annaba bajo la presidencia de Abdelaziz Bouteflika. Para muchos argelinos, Agustín, aunque cristiano, sigue siendo una figura de orgullo nacional y un patrimonio cultural del país. También la elección de León XIV, que se presentó como “hijo de san Agustín”, había suscitado en Argelia un eco inmediato de cercanía y familiaridad. “Cuando el Papa León, poco después de su elección, se declaró “hijo de san Agustín”, el eco en Argelia fue inmediato –recordó el cardenal–. Inmediatamente se difundió la noticia de que el nuevo Papa tenía orígenes familiares en Argelia, ¡quizá incluso parientes en Annaba! Esta apropiación familiar más allá de la pertenencia religiosa dice mucho. El papa León fue esperado y acogido en Argelia como un hermano, como uno de ellos”.“No somos propietarios de Agustín”Reconocer la universalidad de Agustín significa, para el cardenal Vesco, no “encerrarlo” en su pertenencia al pensamiento cristiano, aunque reconociendo que su reflexión teológica es inseparable de la fe en Cristo. Diversos autores musulmanes argelinos han estudiado y escrito sobre el obispo de Hipona; esta recepción desde un punto de vista diferente constituye, según el arzobispo, un ejercicio saludable. “No somos propietarios de Agustín ni de su pensamiento”, afirmó. La universalidad del santo no nace, por tanto, de un pensamiento abstracto o “químicamente puro”, liberado de la concreción de la historia. Al contrario, nace de una existencia plenamente encarnada, vivida en una tierra y en una época marcadas por profundos cambios políticos, culturales y religiosos.“Hoy, más que ayer –concluyó Vesco–, necesitamos poder reconocernos hermanos a pesar de las diferencias de fe y de religión”. Agustín “es reconocido como un creyente digno de confianza, incluso por quien no puede compartir su fe. Por eso Agustín es plenamente un hombre de nuestro tiempo”. Aquí reside, para Vesco, la actualidad de Agustín. En un mundo atravesado por diferencias religiosas y culturales, el santo de Hipona invita a los creyentes a permanecer arraigados en su propia fe sin convertirla en posesión o cerrazón. La tarea es ser creyentes auténticos, “alimentados por una tradición religiosa que nos construye, pero reconocidos como hombres y mujeres dignos de confianza también por quienes no comparten nuestra fe”. “Ciudadanos de la ciudad de los hombres y, al mismo tiempo, ciudadanos de la ciudad de Dios”.