La Cova de Can Marçà, en la isla de Ibiza, es un tesoro geológico de valor incalculable y de una superficie total que alcanza los 8.500 metros cuadradosLos habitantes de este valle riojano se refugiaron bajo una montaña y fue el origen de una asombrosa cueva rupestreEsta carretera española pasa por el corazón de una cueva natural de estalactitas
En la isla de Ibiza, incrustada en los imponentes acantilados del Port de Sant Miquel, un curioso viajero puede adentrarse en la Cova de Can Marçà, un tesoro geológico de valor incalculable. Este enclave natural ofrece una de las panorámicas más espectaculares del Mediterráneo, con vistas directas a la isla de Sa Ferradura y a la torre de vigilancia de Es Molar. El acceso a la cavidad se realiza a través de un sendero trazado sobre la roca que serpentea por el acantilado, elevando al visitante sobre el nivel del mar. Es en este rincón donde la historia y la naturaleza se funden para narrar leyendas de tiempos remotos.
La cueva se ubica a unos veinte kilómetros de la capital ibicenca, siendo un punto de referencia esencial para los viajeros. La entrada actual se sitúa a unos doce metros de altura, marcando el inicio de una travesía por las entrañas de la tierra. Este destino permite descubrir una cara distinta de la isla, alejada del bullicio y centrada en su herencia social y natural. Su entorno está protegido dentro de una reserva natural que preserva la esencia virgen y salvaje del paisaje balear.
La formación de esta cavidad se remonta a más de cien mil años, aunque se asienta sobre rocas calizas del periodo Cretácico. Con 350 metros de longitud, la cueva despliega un abanico de formaciones caprichosas moldeadas por el agua. A lo largo de sus galerías, el visitante contempla una asombrosa variedad de estalactitas y estalagmitas de formas afiladas. Aunque actualmente la cueva se encuentra en un estado mayoritariamente fosilizado debido a la falta de humedad natural reciente, en las zonas más profundas el goteo incesante continúa permitiendo el crecimiento de estas estructuras minerales tan características. La superficie total de la gruta alcanza los 8.500 metros cuadrados, ofreciendo un vasto espacio de exploración. Su origen geológico es un testimonio de los cambios climáticos, habiendo pasado por periodos de glaciaciones y épocas tropicales.
La visita guiada dura aproximadamente cuarenta minutos y recorre los rincones más emblemáticos de este impresionante mundo bajo tierra
Durante los siglos XVIII y XIX, este laberinto subterráneo fue el refugio perfecto para los contrabandistas locales que operaban en la isla. Los delincuentes aprovechaban la ubicación estratégica de la cueva para esconder sus mercancías lejos de las autoridades. Artículos de primera necesidad como el tabaco, el alcohol, el café, el azúcar y el aceite eran almacenados allí. Para introducir los fardos, los contrabandistas los izaban directamente desde el mar mediante una abertura situada a diez metros. Este proceso requería una destreza considerable, ya que las embarcaciones debían aproximarse a la base del escarpado acantilado. El acceso original era apenas un agujero de medio metro por el que los hombres debían entrar con extrema dificultad. La cueva se convirtió en un almacén logístico vital para el comercio sumergido que abastecía a los pueblos cercanos.
El paso de estos antiguos habitantes ha dejado una huella imborrable en las paredes de piedra que aún se puede observar. Los contrabandistas utilizaban marcas de pintura roja y negra para señalizar las rutas seguras dentro de la densa oscuridad. Estas señales indicaban el camino más rápido hacia una salida de emergencia en caso de que fueran sorprendidos o perseguidos. Hoy en día, los guías invitan a los visitantes a buscar estas cruces y trazos históricos que relatan un pasado de intriga. La cueva posee un sistema de galerías que permitía a los fugitivos desaparecer rápidamente si la policía lograba entrar. Estos senderos ocultos eran conocidos únicamente por aquellos que participaban en el tráfico de bienes prohibidos por la corona.
Olvido y descubrimiento
La cueva cayó en un largo olvido que terminó en la década de los setenta, cuando el espeleólogo belga Jean Pierre Van der Abeelle la descubrió. Interesado por las leyendas locales, contó con la ayuda de los habitantes de Sant Miquel para localizar las entradas ocultas. Tras explorar sus galerías, encontró huesos fósiles de especies animales extintas, como roedores y murciélagos antiguos en estudio. Fue este experto quien recomendó al propietario ibicenco acondicionar el lugar para que pudiera ser visitado por el gran público. Los trabajos de adecuación incluyeron la creación de accesos artificiales para facilitar el tránsito sin tener que gatear o agacharse. En 1980, la Cova de Can Marçà abrió finalmente sus puertas como un reclamo turístico de primer orden. Se instalaron sistemas de iluminación y pasarelas para garantizar la seguridad de los grupos de visitantes que llegan a diario.
La visita guiada actual dura aproximadamente cuarenta minutos y recorre los rincones más emblemáticos de este impresionante mundo bajo tierra. El trayecto es mayoritariamente ascendente y se realiza en varios idiomas para atender a los turistas de todas las nacionalidades. Una de las estancias más destacadas es el Templo de Buda, conocido por la enorme concentración de formaciones calcáreas. Otro punto álgido es la Sala de la cascada, donde se recrea un antiguo curso de agua con efectos de luz. Esta cascada artificial utiliza un sistema de reciclaje de agua para imitar el espectáculo natural que existía en el pasado. El espectáculo visual se complementa con sonidos que emulan tormentas, creando una experiencia inmersiva para los adultos y los niños.
A medida que se avanza por las salas, la temperatura interior se mantiene constante en torno a los veinte grados. Es recomendable llevar una chaqueta ligera debido a la humedad relativa que alcanza el setenta y cinco por ciento. Uno de los momentos más mágicos del recorrido ocurre al llegar al denominado Lago de los deseos, un rincón verdaderamente fascinante. Las aguas de este lago subterráneo presentan un intenso color verde que suele dejar a los visitantes completamente boquiabiertos. Aunque visualmente impactante, este efecto se logra mediante el uso de fluoresceína, creando una iluminación irreal y sorprendente. El trayecto continúa a través de las Galerías secas, donde el silencio y la majestuosidad de la piedra son los protagonistas. Este tramo final conduce a un túnel artificial que da salida al exterior, devolviendo al viajero a la inolvidable luz mediterránea de Ibiza.