Turruncún se formó entre peñas y ecos de campana
Este es el pueblo de La Rioja que atesora una necrópolis romana del siglo I y tradiciones recuperadas
En el extremo sur de La Rioja, donde las laderas de yeso se esconden bajo la sombra de Peña Isasa, un caserío silencioso se asoma todavía al valle. Lo que fue un pequeño pueblo lleno de vida es hoy un entramado de muros agrietados en el que la vegetación ha aprendido a ocupar cada hueco. El aire huele a tomillo, a arcilla caliente y a un pasado que resiste entre ruinas. Dicen que su nombre surgió del sonido de una piedra rodando ladera abajo (“turrún, turrún, cún, cún”), y que un antiguo temblor dejó cicatrices visibles en fachadas y bóvedas. En Turruncún, la leyenda y la geología cuentan juntas la misma historia.
Quien se acerca hasta aquí no encuentra centros de visitantes ni rutas señalizadas: solo la carretera comarcal serpenteando junto al valle, el rumor del río Cidacos al fondo y una red de callejas que sugieren el trazado original de un pueblo que fue desapareciendo poco a poco. La despoblación culminó en 1974, cuando los últimos vecinos se marcharon y el caserío quedó anexionado a Arnedo. Desde entonces, la parroquia mantiene viva la memoria con una romería anual que devuelve voces a un lugar en el que, durante décadas, el sonido de las campanas marcó el ritmo diario.
Antes de quedar vacío, Turruncún fue ayuntamiento propio, con escuela, frontón, huertas y casas orientadas al sol. Su edificio más emblemático, la iglesia de Santa María, se levantó entre los siglos XV y XVIII y hoy domina el caserío como un archivo de piedra abierto al cielo. Sus muros forman parte de la Lista Roja del patrimonio en peligro y todo su entorno se integra en la Red Natura 2000 y en la Reserva de la Biosfera de los valles de Leza, Jubera, Cidacos y Alhama, una de las más extensas del norte peninsular.
Una ruta con historia
A la historia humana se suma un episodio que marcó el destino del pueblo: el terremoto del 18 de febrero de 1929, sentido incluso en Bilbao y Zaragoza. Aquel seísmo abrió fisuras profundas en viviendas, bóvedas y paredes maestras, dejando heridas que aún hoy se leen en la piedra. La tradición oral sostiene que el topónimo surgió del ruido de las piedras que caen por las laderas, un guiño sonoro muy propio de un lugar que ha vivido siempre atento a la montaña.
Más allá de las ruinas, Turruncún invita a recorrer un paisaje que cambia a cada paso. Al abandonar el caserío, el camino se ensancha entre almendros viejos y bancales, para luego estrecharse y perfumarse de tomillo. Los yesos brillan en el talud, aparecen pequeños cortados, sombras de robles y una balsa quieta donde el viento hace remolinos suaves. Si el día pide más kilómetros, basta enlazar con la Vía Verde del Cidacos, trazada sobre el antiguo ferrocarril, con túneles cortos y pasarelas que sobrevuelan el río.
El final perfecto para la ruta se encuentra a unos minutos en coche: las pozas termales de Arnedillo, un conjunto de estanques naturales donde las aguas mineromedicinales emergen a unos 52,5 °C. El contraste con el río frío convierte el baño en un pequeño ritual termal muy apreciado por viajeros y locales. Al caer la tarde, cuando el vapor dibuja figuras sobre el agua, el valle parece recuperar (por un instante) la calidez de un tiempo más lento.
Turruncún es hoy un esqueleto de piedra, pero también un mirador hacia la memoria rural riojana. Entre sus callejas vacías se escucha todavía el eco de las campanas, el rumor de las piedras y el sonido lejano de un pueblo que, aunque se esfumó del mapa, se niega a desaparecer del recuerdo.