La psicóloga María Gil explica cómo responder cuando los niños dicen que les duele la cabeza o el estçomago justo antes de ir al colegio, dar una clase o coincidiendo con un examenPor qué dejar que los niños asistan a entierros y despedidas puede ser bueno para ellos
Cuando los niños están preocupados, tristes o estresados durante mucho tiempo, pueden quejarse de dolores de cabeza, de estómago u otras molestias. Las sensaciones físicas vinculadas a las emociones son comunes y automáticas. Estos dolores pueden tener causas físicas, así que lo primero es descartar posibles enfermedades, pero debemos tener en cuenta también que estos dolores de barriga matutinos también pueden deberse al estrés o a la ansiedad escolar. Y es que las emociones difíciles pueden agravar dolores preexistentes.
“Es muy común que los niños tengan este tipo de reacciones a nivel corporal”, admite María Gil, psicóloga, que afirma que “la somatización es la manera que tiene el cuerpo de manifestar un malestar emocional”. No es algo fingido ni inventado, matiza la especialista, sino que “el dolor es totalmente real: la única diferencia es que su origen no responde a una patología física, sino a una acumulación de estrés o angustia emocional que el niño no sabe gestionar de otro modo”, explica Gil.
A qué señales debemos prestar atención
“Los dolores de tripa, de cabeza o falta de energía son las señales más frecuentes que tienen de expresar su preocupación, a veces acompañados de náuseas matutinas o malestar general justo antes de salir de casa”, explica Gil. Los niños, sobre todo los más pequeños, a menudo no tienen palabras para expresar lo que sienten. En cambio, lo que sienten es su cuerpo: un nudo en el estómago, palpitaciones…
No es algo inventado ni una forma de llamar la atención. Muchas veces la ansiedad activa la respuesta al estrés del cuerpo, liberando una avalancha de señales destinadas a prepararlo para el ‘peligro’, y esa respuesta es física. “Hay que tener en cuenta que los niños no tienen el mismo lenguaje ni la madurez emocional que los adultos; aún están construyendo su manera de comunicarse”, afirma Gil. “Por eso, cuando las palabras faltan, el cuerpo habla. El dolor físico se convierte en su mejor altavoz para hacernos saber de forma inconsciente que algo les está superando”, señala Gil.
Así que un niño que dice que le duele la barriga antes de ir al colegio suele estar diciendo la verdad sobre lo que siente, solo que aún no sabe que esa sensación tiene un nombre y una causa. El intestino, por ejemplo, es especialmente sensible al estrés, de ahí que el dolor de estómago sea una de las formas más comunes en que se manifiesta la ansiedad infantil.
Hay ciertos patrones que suelen apuntar a la ansiedad como el factor desencadenante y, aunque no hay ninguno que sea una prueba suficiente por sí solo, en conjunto sí pueden formar una explicación. En primer lugar, debemos prestar atención a síntomas que se agrupan en torno de desencadenantes específicos: las mañanas antes de ir a la escuela, las noches de los domingos, los exámenes, la hora de entrada al colegio, una clase o actividad en particular, un dolor de estómago que aparece invariablemente antes de aquello que nuestro hijo teme y desaparece una vez termina, es una señal importante.
Cómo ayudar sin someterlos a un interrogatorio
Antes que nada, si un niño presenta síntomas físicos recurrentes o significativos, lo primero es consultar con el pediatra. Dolores de estómago, de cabeza, fatiga y otras molestias pueden tener causas médicas que merecen una evaluación adecuada.
Una vez descartadas las causas físicas, el objetivo es tomar en serio el síntoma mientras ayudamos a desarrollar herramientas para calmarlos. No sin antes tener en cuenta que a muchos niños les cuesta entender cómo se relacionan sus emociones con estos síntomas físicos.
Para Gil, a la hora de afrontar una problemática de este tipo “funcionan muy bien recursos como los cuentos y el juego, podemos usar lecturas que aborden situaciones similares a las que intuimos que están viviendo porque les da referencias y, de forma indirecta, les ayuda a poner palabras a lo que les pasa sin sentirse expuestos”.
También puede ayudar el juego, que es “su lenguaje natural para representar su día a día. Si nos metemos a jugar con ellos, por ejemplo, imaginando que uno de los muñecos siente ese dolor de tripa o esos nervios, podemos construir la historia de forma segura”, afirma Gil, que reconoce que se trata de una “forma excelente de conectar con ellos sin recurrir al típico interrogatorio directo”.
Es importante que sepa identificar sus emociones, que nosotros podamos validar sus sentimientos aunque no estemos de acuerdo y que reconozcamos que el dolor que siente es real.
Errores de los padres al intentar resolver problemas escolares de sus hijos
“‘No es para tanto’, ‘exageras’ o ‘tienes que ser fuerte’ son frases bienintencionadas, pero desacertadas que no hacen más que minimizar o invalidar su malestar”, advierte Gil. “Cuando recurrimos a frases de este tipo lo único que estamos consiguiendo es que el niño sienta ”que no lo creemos o que lo que le pasa no importa, lo que incrementa su aislamiento“, afirma la psicóloga.
Tampoco sirve de nada acribillarlo a preguntas, como si fuera un interrogatorio que lo único que hace es presionar aún más. “‘¿Por qué no quieres ir?’, ‘¿qué te pasa hoy?’ son frases que suelen cerrarles aún más por completo en banda debido al agobio de no tener las palabras o la capacidad de responder”, advierte Gil. Cuando afrontamos este tipo de situaciones “a menudo nos centramos solo en exigir rendimiento o en buscar una solución rápida a un problema emocional y olvidamos detenernos a escuchar todo lo que hay detrás de su rechazo al colegio”, reconoce la experta.
La crianza de los hijos está llena de decisiones difíciles porque, instintivamente, podemos sentir que la mejor solución es permitir que nuestro hijo se sienta seguro y cómodo en casa. Pero esto también puede ser contraproducente porque, cuanto más permitimos evitar la fuente de estrés, más preferirá quedarse en casa. Aún más contraproducente es el hecho de que, al permitir que nuestro hijo evite una situación que le causa estrés, como la escuela, en realidad estamos reforzando ese desencadenante, por lo que el objetivo es encontrar un equilibrio adecuado entre la empatía y el pragmatismo.