Miles de aficionados tiñen la ciudad de albiceleste durante todo el Mundial y estallan de júbilo con el pase de su selección a la final Un poeta, Inglaterra y una mano vengadora: la insólita historia de la afición argentina en Bangladesh
Qué bonito es el fútbol. Y, probablemente, nadie lo vive como los argentinos.
Unas 3.000 personas se han reunido en un hotel de l’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) para bancar a la selección albiceleste en un partido con una altísima carga emotiva, culminado con una histórica remontada que lleva al equipo de Leo Messi a su segunda final consecutiva.
No es que este miércoles se haya reunido más gente porque se trate de una semifinal o porque el partido es a las 9 de la noche. Es el sexto evento que organiza la Filial Argentina de Barcelona en este mundial y en todos se han agotado las entradas, también cuando el partido se ha celebrado a las 4 de la madrugada en un día laborable.
“No me preguntes, no tiene ningún sentido”, explicaba Sebastián Romero, 42 años, cuestionado por la manera con la que los argentinos viven este deporte.
La fiebre argentina se ha notado durante el mundial en la capital catalana. Se ha visto en el metro, los días de partido, con vagones repletos de camisetas albicelestes. También en las plazas tras una eliminatoria de madrugada, con miles de personas cantando en Arco de Triunfo a las 6 de la mañana con el sol ya asomando en la ciudad.
Según datos del Ayuntamiento, en Barcelona hay más de 53.500 argentinos empadronados. La cifra no para de crecer y se ha doblado respecto a 2019, cuando había 26.300. La provincia es también el lugar con más vecinos de esa nacionalidad en todo el país, con más de 86.600 de los 450.000 repartidos por España.
“Ahora ser argentino en Barcelona es mucho más fácil”, explica Diego Justo, uno de los organizadores del evento. “Antes no había ningún plan que recordara a lo que hacemos en nuestro país”.
Cuando falta media hora para que empiece el partido, la cola da la vuelta a todo el hotel. Se ven camisetas albicelestes, muchas, pero también del Barça con el 10 de Messi; del Nápoles con el 10 de Maradona y hasta del Atleti con el 14 del ‘cholo’ Simeone.
“Y ya lo ve, el que no salta, es un inglés”, gritan ya en la cola ante la mirada atónita de algunos turistas que se hospedan en el hotel.
No todos son argentinos. Ricard Gómez, Joan Peña y tres amigos más son de Barcelona y están en la cola hablando en catalán. “Quiero que gane Argentina por Messi”, admite Joan. “Y, por otro lado, teníamos ganas de vivir el fútbol como lo hacen los argentinos”.
Dentro del hotel, en una sala de convenciones con cinco pantallas gigantes y decorada con trapos con motivos de River Plate, los asistentes no dejarán de cantar ni un segundo. Tampoco pararán los tambores y el incesante ritmo de la cumbia en una fiesta que durará hasta la madrugada.
Los aficionados animan y cantan —o gritan— como si el equipo de Scaloni les pudiera escuchar en Atlanta. El calor es abrasador y en la primera pausa de hidratación algunos ya se han quitado la camiseta.
Diego Justo explica que empezaron a organizar eventos para ver Argentina en un bar durante el mundial de 2014. Rápidamente vieron que los argentinos de la ciudad echaban de menos poder ver el fútbol rodeados de sus compatriotas.
“La entrada en el primer bar dónde organizamos los encuentros era por orden de llegada y solo cabían 500-600 personas”, recuerda Justo. “Había gente que dormía en la calle la noche antes para tener sitio”.
Le pregunto si él ha notado que cada vez hay más argentinos en la ciudad. “Por supuesto”, responde. “Esto es una cadena: viene uno y está bien aquí, se da cuenta de que también puede comer asado y jugar al fútbol. Entonces trae al amigo, al primo y al hermano y cada vez somos más”.
No resulta fácil hablar con nadie porque en la sala nadie para de cantar ni un segundo. El gol de Gordon en el minuto 55 ni siquiera se notará. Ni un lamento, ni un grito de rabia, solo un aumento de los decibelios de los tambores y de los cánticos.
Pasan los minutos y algunos empiezan a pensar que la magia, esta vez, no va a ocurrir. “Este año creo que no va a ser”, confiesa Sebastián Romero en un ataque de honestidad. “Siempre vamos al filo y no siempre puede acabar bien”.
Pero la sala de convenciones tiembla con el zapatazo de Enzo que le da el empate a Argentina. El ambiente y el ruido de antes del gol era una broma comparado con el éxtasis que empieza en el minuto 86. Unos se suben a hombros de los otros, la gente se abraza, y la sensación en la sala es de que, porque no, los astros tal vez se vuelvan a alinear para la albiceleste.
La locura por el gol del empate todavía no ha amainado en la sala cuando, en el 93, se confirma la remontada argentina con el gol de Lautaro. Todo retumba de nuevo, todavía más fuerte, y vuelve a sobrevolar por este hotel en las afueras de la ciudad la sensación de que esa afición y ese equipo están tocados por una varita mágica.
El júbilo es indescriptible y transversal, menos para Emiliano. Este colombiano, vigilante del evento, auguraba una noche tranquila cuando Inglaterra parecía que se iba a clasificar. Incluso le había escrito a su mujer que tal vez llegaría antes a casa.
“Me tocará aguantar la fiesta hasta las dos de la madrugada”, confiesa resignado. “No lo entiendo pero este equipo siempre se acaba saliendo con la suya”.