de Enkhjin Chuluunzag*Ulán Bator - A sus 26 años, Enkhjin Chuluunzag posee dos másteres en estudios ambientales y una licenciatura en administración, obtenidos respectivamente en Roma, en Estados Unidos y en Mongolia. La joven, que formó parte de la delegación de la Santa Sede en la COP17 de la United Nations Convention to Combat Desertification , celebrada en Ulán Bator del 17 al 28 de agosto, relata a la Agencia Fides su camino de fe y el desarrollo de su sensibilidad hacia las cuestiones relacionadas con la salvaguardia de la Creación.Como joven católica mongola con una creciente pasión por la sostenibilidad y las cuestiones medioambientales, tuve el gran honor de participar en la COP17 de la UNCCD en Mongolia como miembro de la delegación de la Santa Sede. Estar allí me permitió ver cómo tres aspectos de mi vida se entrelazan de una manera muy significativa: mi fe, mi identidad como mongola y mi preocupación por el medio ambiente.Crecí en Mongolia con un conocimiento muy limitado del cristianismo. Mongolia es un país en el que el budismo cuenta con una historia importante y profundamente arraigada. Al crecer en este contexto, prácticamente no tenía ninguna comprensión personal de Cristo, de la Iglesia católica o de lo que significaba tener fe. La comunidad católica en Mongolia también es muy pequeña, por lo que la Iglesia no era algo con lo que entrara frecuentemente en contacto durante mi infancia. Sin embargo, con el paso del tiempo, comencé a fijarme en los misioneros que trabajaban entre las personas desfavorecidas de Mongolia. Cuidaban de las personas con tanta humildad y amor, sin buscar reconocimiento ni nada a cambio. Me preguntaba: “¿Por qué estos extranjeros se preocupan tanto por personas que no son ni su familia, ni su comunidad, ni mucho menos de su propio país?”. Esto despertó mi primer interés por la Iglesia.Posteriormente, la visita del Papa Francisco a Mongolia profundizó aquella curiosidad. Ver al Papa venir a Mongolia me hizo comprender que la Iglesia presta atención incluso a las comunidades más pequeñas, que el resto del mundo puede fácilmente pasar por alto. Su disposición a acercarse, escuchar, acompañar y amar a las comunidades más pequeñas y vulnerables aumentó mi consideración por la Iglesia. Poco a poco, aquella curiosidad se transformó en el deseo de saber más: de comprender la Iglesia, de seguir a Cristo y de caminar en la fe. Ese camino finalmente me llevó a donde me encuentro hoy.Mongolia es un país de paisajes extraordinarios y con un pueblo que ha desarrollado una profunda relación con la naturaleza. Crecemos conscientes de la importancia de los pastos, del agua, del ganado y de la sucesión de las estaciones. Durante generaciones, el pueblo mongol ha aprendido a captar los ritmos de la naturaleza, a adaptarse a las condiciones meteorológicas extremas y a vivir en armonía con ella. Hoy, sin embargo, esos ritmos son cada vez más difíciles de descifrar y seguir.La degradación del suelo, la sequía y la desertificación están comprometiendo los ecosistemas y los medios de subsistencia de los que dependen muchas personas. Estos problemas son cada vez más evidentes en la vida de las comunidades y en las condiciones del propio territorio. En muchas regiones, el sobrepastoreo, la erosión del suelo y los cambios en los patrones climáticos están ejerciendo una fuerte presión sobre los medios de subsistencia vinculados al pastoreo, haciendo más difícil para las familias de pastores mantener su estilo de vida tradicional.Estos problemas medioambientales nos recuerdan que el cuidado de la Creación no puede separarse del cuidado de los seres humanos. Este es uno de los motivos por los que la COP17 es tan significativa para Mongolia. La cooperación y la acción internacionales nos ofrecen no solo la oportunidad de afrontar juntos estas urgencias, sino también un sentido de esperanza.Durante la Convención, se repitió varias veces un mensaje: los objetivos que perseguimos están todos, en última instancia, vinculados al bienestar de la humanidad y a la protección de nuestra casa común. Estas dos cosas no pueden discutirse por separado. Cuando hablamos del territorio, hablamos también de las personas que lo habitan. Cuando hablamos de sequía y desertificación, hablamos de comunidades que luchan por el agua. Cuando hablamos de degradación del territorio, hablamos de acceso a los alimentos y de pobreza.Por este motivo, la acción medioambiental debe poner siempre en el centro a la persona humana, reconociendo al mismo tiempo que el propio bienestar humano depende de una relación sana con la Creación.La Iglesia católica también se ocupa desde hace tiempo de la desertificación y de sus graves consecuencias para las personas y las comunidades afectadas. A través de su labor humanitaria y de desarrollo, la Iglesia ha apoyado los esfuerzos destinados a afrontar estos desafíos, entre ellos la agricultura sostenible y la mejora del acceso al agua. Este compromiso se ha expresado también a través de iniciativas como la Fundación Juan Pablo II para el Sahel, creada en 1984 para apoyar a las comunidades que afrontan desafíos medioambientales y de desarrollo en la región del Sahel.La preocupación por la desertificación encuentra también reflejo en Laudato si'. El Papa Francisco subraya que los seres humanos están profundamente vinculados al mundo que nos rodea, hasta el punto de que la degradación de la tierra puede experimentarse casi como una enfermedad física. Destaca además los limitados progresos realizados en la protección de la biodiversidad y en la lucha contra la desertificación, recordándonos que estos desafíos requieren intervenciones mayores y más constantes.Por tanto, la contribución de la Iglesia enriquece la protección medioambiental al unir el cuidado de la Creación con una profunda preocupación por las comunidades más vulnerables del mundo. La reflexión eclesial sobre el cuidado del mundo natural nos recuerda que la Creación es un don de Dios y que recibir un don significa también asumir la responsabilidad sobre él. Esta visión pone de relieve la responsabilidad, la solidaridad y la dignidad humana, invitándonos al mismo tiempo a reflexionar sobre el tipo de relación que elegimos mantener tanto con el mundo natural como entre nosotros. Para mí, es aquí donde se encuentran la fe y la responsabilidad medioambiental.Podemos proceder de tradiciones, culturas y formas diferentes de comprender el mundo, pero compartimos la misma tierra, en definitiva la misma casa, y por tanto afrontamos muchas de las mismas urgencias. El tema “Restaurar la tierra, restaurar la esperanza” expresa lo que deseo para Mongolia: que nuestras decisiones de hoy ofrezcan a las generaciones futuras una tierra más sana y un motivo más fuerte para la esperanza.* Miembro de la delegación de la Santa Sede en la COP17 de la United Nations Convention to Combat Desertification – UNCCD .También espero que la Iglesia continúe contribuyendo a este camino cuidando de la Creación, permaneciendo al lado de los más vulnerables y construyendo puentes entre culturas y religiones.