La masacre de jabalíes silvestres en Collserola tiene por objetivo proteger las granjas porcinas. La peste porcina ha sido la excusa perfecta para reafirmar el odio hacia el jabalí y justificar su exterminioEl jabalí en los medios
Desde hace tiempo, en Catalunya, en España y en otros países, los medios muestran odio hacia el jabalí. En el contexto de los brotes de peste porcina africana en el parque de Collserola, este odio se ha intensificado aún más. En los últimos meses se han normalizado titulares como: “Hay que matar jabalíes sin complejos”; “Matar jabalíes es la única solución”; “La Generalitat cierra el parque natural de Collserola hasta que elimine sus más de 500 jabalíes”. Como dicen los medios, ya se han gastado 40 millones de euros en cazas de animales y se tratará de seguir eliminándolos.
El conseller de la Presidencia, Albert Dalmau, anunció: “En Catalunya, hay demasiados jabalíes, hay que matarlos desacomplejadamente porque hoy es un problema para la salud animal”. El razonamiento de responder con el asesinato sistemático de todos los individuos sanos a un problema de “salud animal” resulta un tanto paradójico. ¿Matar a un animal por su salud? ¿A qué se refieren con “salud animal”? Pese a que la enfermedad no se puede transmitir a personas, como bien se enunció desde el principio de los brotes, el exterminio de la población de jabalíes silvestres en Collserola se sigue repitiendo como máxima.
¿Qué hay detrás de tanta matanza? Vemos que el plan de exterminio no tiene por objetivo proteger a la población de un riesgo sanitario, como parece, sino defender los intereses de la industria cárnica.
No es una amenaza sanitaria, es una amenaza a la industria cárnica
PORCAT, la asociación catalana de productores de cerdo, sostiene abiertamente que siempre ha insistido en el control de la población de jabalís y lo reafirma en su página: “para evitar el contagio y propagación de enfermedades como la peste porcina africana (PPA) entre jabalíes y de estos a las cabañas de cerdos domésticos”. Vemos que Catalunya encabeza la exportación de carne de cerdo en España, concentrando más del 50 % del total nacional. Según un informe de la UE, ha crecido el número de granjas porcinas intensivas (con al menos 2000 cerdos de más de 30 kilos). España, con el mayor número de granjas de este tipo, con diferencia, se ha convertido en líder de explotación porcina industrial en Europa, siendo a la vez, el principal exportador del mundo de cerdo europeo con 2,44 millones de toneladas vendidas en 2022, según datos de la FAO.
La industria porcina de producción masiva se caracteriza por un incumplimiento sistemático de la normativa de la UE sobre bienestar animal, y por producir inconmensurables daños de carácter ambiental, social y ético, que llevan años documentándose. Y es que las granjas intensivas encabezan la lista de sectores causantes de emisiones de gases de efecto invernadero, de consumo de agua y recursos naturales. Estas granjas requieren de enormes extensiones de cultivos para alimentar a los animales explotados, lo que convierte la expansión de la agricultura y la ganadería en la primera causa a nivel mundial de pérdida de hábitat y biodiversidad. Sus impactos incluyen contaminación de aguas superficiales y subterráneas por purines y emisiones de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, deterioran la calidad de vida de las poblaciones locales, además de favorecer la despoblación rural.
Cerdos en una granja de explotación porcina.
¿No sabemos convivir con las demás especies?
Desde el Cuaternario, la extinción de la megafauna en los distintos continentes —es decir, de aquellas especies de más de 40-45 kilos— ha coincidido con la expansión del ser humano. También fue la persecución y la caza las que llevaron a la desaparición del lobo ibérico en amplias zonas de la península ibérica, cuando éste tenía un importante papel ecológico en la regulación de las poblaciones de otros mamíferos, como el jabalí.
El jabalí es hoy una de las pocas especies de megafauna que han persistido en Europa hasta la actualidad. Ocupa un nicho en el ecosistema, lo que significa que tiene un papel funcional específico dentro del hábitat multiespécie en el que vive. Numerosos estudios científicos destacan su papel fundamental como ingeniero del bosque. Escarbando, airean la tierra y favorecen la germinación de plantas; actúan como barrera forestal, desbrozando el sotobosque; son dispersores de semillas, por sus recorridos de largas distancias; además de ocupar un nicho trófico como omnívoro generalista, controlando poblaciones de pequeños mamíferos, raíces e insectos. Se le considera también “limpiador” por consumir carroña. Este hecho fascinante, que imaginamos debería tener implicaciones decisivas en la toma de decisiones, no parece importar de ninguna manera. La masacre tampoco parece responder al principio de precaución, al que la ciencia lleva tiempo apelando ante la fragilidad de la crisis ecológica y la enorme complejidad de los sistemas vivos, lo que hace que las intervenciones antrópicas puedan acarrear consecuencias imprevisibles.
El círculo vicioso macabro: ante la muerte, se responde con más muerte
En Catalunya la población de cerdos de granja y la población humana van a la par: sobre los 8 millones. Estos animales están, por lo tanto, en la base del sistema capitalista y antropocéntrico en el que vivimos, que prioriza exclusivamente los intereses humanos, mientras que los otros animales, los no humanos, solo adquieren valor por el beneficio que confieren. Sin ver la luz, y con una existencia que olvidamos, el valor de la vida de los cerdos domésticos se ve reducido a unos minutos de ingestión. De la misma forma, el valor de la vida de un jabalí silvestre ya está en negativo: el dinero público se destina a premiar su muerte. “Millones de euros públicos para premiar a los cazadores que matan jabalíes”, anuncia un reciente titular.
La matanza de jabalíes en Collserola es, por lo tanto, un ejemplo ostentoso de necroeconomía, donde la muerte se convierte en el motor mismo de la economía. No sólo la normalización de la muerte sistemática en la industria ganadera, en la que los animales ya nacen con una muerte planificada, sino también el exhibicionismo y sensacionalismo alrededor de la muerte sistemática de los jabalíes silvestres ponen los beneficios financieros por delante de la vida. Esta injusticia evidencia cómo, pese a estar en un contexto de crisis ecológica, las razones ecológicas, y ya ni hablar de las éticas, siguen siendo relegadas a un plano muy secundario.
El ampliamente reconocido contexto de crisis socio-ecológica en el que nos encontramos exige un cambio en el orden de estas prioridades, además de en los hábitos que las mantienen. Las cuestiones ecológicas y éticas deben ocupar una posición prioritaria. Igualmente, las medidas que se están llevando a cabo normalizan decisiones que son completamente antidemocráticas. ¿Quién tiene voz para decidir sobre la vida de los jabalíes? ¿Quién tiene voz para decidir sobre los “recursos naturales”? Parece que sólo la industria cárnica, protegida por complejos dispositivos institucionales, con quienes trabaja de forma coordinada.
El exterminio de jabalíes que se está llevando a cabo en Collserola no tiene fundamento científico ni, evidentemente, ético. La pregunta es: ¿qué tan avanzada es la inteligencia humana como para responder a situaciones complejas mediante matanza? Es ridículo pensar que siglos de evolución en el conocimiento den como solución la normalización y justificación de una masacre. Cuestionar y movilizarse frente a medidas que se consideran injustas es un derecho legítimo de la ciudadanía. Conseguir un cambio de paradigma basado en el respeto y la convivencia garantizando transparencia y participación ciudadana en la toma de decisiones sobre la naturaleza es fundamental.